Un futuro donde la humanidad comparte su vida con robots inteligentes, un shooter en tercera persona basado en coberturas, hombres musculosos y bellas mujeres combatiendo por salvar el mundo…ciertamente las premisas de Binary Domain no podrían ser más estereotípicas y desgastadas. Sin embargo, este título desarrollado por los estudios internos de SEGA tiene un algo especial que lo hace “adorable” y que lo hace asomar la cabeza entre la montaña de shooters genéricos que pueblan nuestras estanterías.

Nuestro alter ego en el juego es Dan Marshall, un prototípico protagonista de películas de acción: soldado americano, atractivo, duro, graciosillo y con un especial odio hacia los robots o “cabezalatas”, con el que es fácil empatizar por su sencillez. Sin embargo, pasaremos la mayor parte del juego acompañados, y nuestros posibles compañeros, que debemos elegir en muchas ocasiones para que nos acompañen un máximo de tres, representan al igual que el protagonista unos estereotipos muy marcados: el jefe autoritario e inflexible, la mujer dura y masculinizada, el amigo fiel y vacilón, la chica guapa y fría… y todos ellos protagonizan a su vez momentos igualmente estereotípicos de cualquier película de acción de clase media, aunque graciosos en muchos momentos y adorables en su mayoría, casi siempre rozando la auto-parodia. La elección de compañeros es al final más por simpatía que por táctica, ya que apenas notaremos diferencias en combate de unos a otros.

Las mecánicas de juego básicas están heredadas cómo no de la escuela Gears of War: avanzar hasta una sala, cubrirnos y disparar a los enemigos hasta que se acaben. No se dispone de un arsenal muy variado, pero con lo que tenemos nos basta y nos sobra. Nuestra arma principal dispone de unos disparos de impulsos que nos ayudan en muchas situaciones, y además disponemos de armas para usar en momentos puntuales como ametralladoras montadas o miniguns.

Como en Binary Domain estamos permanentemente acompañados –salvo casos muy excepcionales- se han incorporado una serie de órdenes básicas para dar a nuestros compañeros. Estas órdenes las podemos dar de viva voz a través de nuestro micro, algo que no siempre funciona todo lo bien que debería, aunque afortunadamente podemos recurrir a nuestro pad. Si bien en momentos puntuales pueden resultar útiles, no son para nada imprescindibles en el juego. Lo mismo sucede para ciertas respuestas y decisiones que podemos tomar durante el juego, aunque ninguna lejanamente relevante en su desarrollo.

Curiosamente lo que da variedad al título son los enemigos, mayoritariamente robots, que reaccionan de distinta manera a lo que harían los humanos: si les disparamos a la cabeza no tienen necesariamente por qué morir, de hecho pueden volverse a nuestro favor y disparar a sus propios compañeros; si destrozamos sus extremidades inferiores pueden arrastrarse hacia nosotros, y de hecho muchas veces nos encontraremos con alguna sorpresa venida del suelo. Como en todo buen juego desarrolado en Japón no faltan los grandes jefes finales e intermedios, que nos obligan a variar nuestras tácticas de ataque, aunque por lo general se centran en encontrar la forma de atacar sus puntos débiles.

Mención aparte se merece el doblaje, de una bajísima calidad. Soy un gran defensor del doblaje al español en los videojuegos, y creo que con presupuesto, tiempo y recursos se pueden hacer excelentes trabajos, como ha quedado demostrado en multitud de ocasiones, pero la mutilación que han hecho con este Binary Domain es un claro ejemplo de que cuando no se puede hacer bien es mejor dejarlo en original y limitarse sólo a subtitularlo. Voces a destiempo, entonaciones que no encajan con la situación, cambios bruscos de tono, y en general una actuación poco creíble por actores -para mí desconocidos- que no parecen de un nivel adecuado para este tipo de producciones.

No obstante, y a pesar la abundancia de estereotipos y simplezas, la historia de este Binary Domain avanza firme e interesante, y algunos acertados giros de guión -algunos previsibles- la hacen más compleja y envolvente de lo que un principio cabría pensar. El humor reinante y algunos diálogos brillantes ayudan a mantener el interés y casi todos los personajes tienen sus momentos de gloria.

Los escenarios sufren un síndrome parecido: por lo general parecen genéricos y repetitivos, pero en más de una ocasión cuando nos paramos a mirar vemos detalles más interesantes de los que a primera vista podríamos pensar. Gráficamente el juego cumple notablemente su cometido y son de destacar las animaciones de los robots enemigos. El análisis está hecho en base a la versión PC, que rinde a muy buen nivel con un detalle alto en un PC de gama media, sin ralentizaciones ni grandes fallos técnicos y donde se puede jugar excepcionalmente con el pad de Xbox 360 si así lo deseamos, aunque lamentablemente en este sentido tiene el error de que en pantalla se nos mostrarán siempre las teclas del PC a la hora de indicarnos qué acción realizar.

Binary Domain es uno de esos juegos que no pasará a la historia de los videojuegos, y sin embargo seguramente permanecerán con cariño en el recuerdo de quienes lo jueguen, algo que otras producciones de mayor envergadura y mejores valores de producción no consiguen. Me recuerda a otro juego de SEGA, Alpha Protocol, del que no puedo hablar de manera muy neutral dado que es un juego que amo con todo mi corazoncito gamer, pero que comparte ese no-se-qué que los hace especiales y que hacen bueno aquel dicho de que el total es mejor que la suma de las partes. Ambos son trabajos donde se aprecia el amor, las buenas intenciones de sus desarrolladores y esas buenas ideas que no siempre son ejecutadas como se desearía, pero que tienen un alma de las que muchos productos denominados “triple A” carecen.

Si te gustan los shooters en tercera persona, o los juegos de acción en general, y sobre todo si eres, como yo, de los que disfrutas con ese tipo de juegos de segunda o tercera línea que tienen un algo especial imposible de explicar y que nunca tendrán esos grandes juegos de los que todo el mundo habla, Binary Domain te encantará, porque son 10 horas totalmente adorables de diversión directa, una historia interesante y un humor tierno y simplón.