De vez en cuando aparece por estos mundos del Señor algún título prometedor en cuyo anuncio, trailer o nota de prensa se deja entrever cierta esperanza en lo que a originalidad en el medio se refiere. Títulos que no pretenden ser el juego del año pero que se esfuerzan por presentar algo medianamente novedoso y sorprendernos a su vez con ello.

Como… ¡lo han adivinado!, Vessel.

A pesar de ello, la expectativa que se pueda tener de algunos de estos títulos no acaba cumpliendo con lo que finalmente se ofrece, y lo que aparentaba ser un buen soplo de aire fresco, termina siendo una pequeña decepción.

Como… ¡sí, ¡lo han vuelto a hacer!

Por algún motivo ajeno a mi conocimiento, es curiosa la forma en la que a los jugadores siempre nos ha fascinado y llamado la atención el uso de la física de partículas en los propios videojuegos.

En esas ínfulas que siempre le han dado a los juegos por querer imitar la realidad, uno a uno han ido cayendo estrepitosamente a la hora de reflejar de una forma potable el comportamiento de los principales elementos del entorno.

Y es que sinceramente, pocas veces, por no decir ninguna, se ha visto en un videojuego una masa de agua comportándose realmente como una masa de agua; una ráfaga de viento comportándose realmente como una ráfaga de viento; o una bocanada de fuego comportándose realmente como una bocanada de fuego.

Claro, si este comportamiento no logran conseguirlo decentemente juegos con millones de dólares de presupuesto, menos lo van a conseguir títulos mucho más humildes como los que ocupan la escena independiente. Y Vessel, en toda su mismidad, basa casi todo su potencial puzzlero-plataformero en el manejo, manguerazos mediante, de un agua, de un magma o de una sustancia química extraña que nunca llegan a parecer lo que pretenden.

Aun así, y como no somos precisamente unas graphics whores en esta maravillosa sección, podemos dejar perfectamente a un lado el apartado gráfico del juego; más vacío, tosco y aburrido de lo deseable, para comentar lo que realmente y por desgracia falla en Vessel.

Por desgracia porque conociendo el potencial que atesoraba, es una pena que se acabe convirtiendo en un quiero y no puedo constituido, principal e infinitamente, por botones, palancas, puertas y pasillos que nos harán llegar a pensar que estamos delante del mismo puzzle una y otra vez, solo que de forma algo más enrevesada en cada nueva iteración.

Esto, claro, acaba lastrando al juego privándole de elementos que lo hagan realmente atractivo a nuestros ojos, y es en ese momento cuando llega la desidia por continuar la andanza.

Hay que reconocer, sin embargo, el repunte que da el juego transcurridas unas quizá excesivas dos horas de pseudotutorial, tras el cual, por fin, obtenemos la manguera que utilizaremos durante el más que extenso resto del juego.

Un repunte que nos hace pensar que ahora sí, ahora empieza el juego, ahora viene la buena. Y ciertamente es aquí donde Vessel se hace más entretenido, pero de nuevo la poca variedad de puzzles y de ambientes, que se dividen básicamente en tres grandes mundos bien diferenciados, terminan por conformar una experiencia un tanto desangelada.

Mezclar estas aguas con esas lavas, dar vida a pequeños seres conformados por estos fluidos con la ayuda de varias semillas que iremos obteniendo a lo largo del camino, utilizar a estos bichos conveniente y sabiamente en cada puzzle acorde a las capacidades biológicas de cada uno… todo ello suena bien en el papel e incluso en los primeros niveles de cada uno de los tres mundos, pero lo repetitivo del asunto cae finalmente por su propio peso.

Diantres, si hasta algo tan simple como mejorar las bocas de nuestra manguera por unas más potentes es una tarea soporífera.

Huelga decir que no es Vessel, ni mucho menos, el peor jueguecillo indie que ha pasado por esta sección, pero es una lástima percibir el más que notable halo pocho que rodea a un producto que podría haber aspirado a algo más.

Habrá voces que lo califiquen de obra maestra por intentar innovar, pero si bien las mecánicas del juego son curiosonas, están explotadas de una manera tan anodina que acaban aburriendo al más pintao. O en su defecto, a un servidor de ustedes.

Que tampoco hay que generalizar.