Es un día normal y corriente en la planta nuclear de Springfield. Homer Simpson está en su puesto de trabajo comiendo rosquillas, cuando una de ellas cae, rueda hacia una zona peligrosamente radiactiva y provoca una reacción que puede desembocar en la fusión total del núcleo.

Homer, atrapado en su habitáculo y en un ejemplo de profesionalidad, se juega el destino de la ciudad al pinto pinto gorgorito, pulsando al azar uno de los botones del panel que controla la seguridad del sitio.

Después de ser nombrado héroe local, Homer visita otra central en la que se vuelve a dar un fallo en el núcleo y, al ser requerido para solventar el entuerto, se destapa la farsa y por consiguiente su veraz incompetencia.

Esta secuencia de acontecimientos que tantas veces habremos visto repetida en Antena 3, aplicada al mundo de los videojuegos daría aproximadamente como resultado Splice, el título indie que hoy nos ocupa el tiempo y el espacio.

Splice, en toda su abstracción, nos plantea a modo de puzzle una unión de cilindros bacterianos cuya disposición espacial deberemos cambiar en un máximo de movimientos a la forma que se nos encomiende en la matriz subyacente de cada pantalla.

Teniendo en cuenta que los cilindros deben estar conectados siempre por sus polos a menos que dos ejemplares se bifurquen a partir de uno solo, obraremos como buenamente podamos a lo largo de cuarenta y nueve niveles para dejar al bicho microscópico como nos indique el juego.

Al mismo tiempo, a medida que vayamos avanzando irán apareciendo nuevos tipos de cápsulas que provocarán reacciones en la cadena como si de power-ups se tratara, ora dividiendo en dos la fila de cilindros en la que se encuentre, ora duplicando o explotando las secciones posteriores a ellas.

Lamentablemente, Splice plantea unos retos tan poco equilibrados que como juego de puzzles fracasa estrepitosamente.

Ante la falta de ayuda, explicaciones o presentación alguna, es el jugador quien debe explorar a base de ensayo y error el funcionamiento del juego nada más comenzar; y cuando apenas hemos asimilado ya la mecánica principal, se nos van añadiendo otras nuevas que hemos de volver a desgranar si no queremos mandar a tomar viento al juego demasiado pronto.

Claro, la experimentación con los elementos de los que disponemos suele ser de importancia capital en la mayoría de juegos de puzzles. El problema es que esto funciona cuando la experimentación sirve para aprender y utilizar las mecánicas del juego. Splice, por su parte, te obliga a un ensayo y error continuo solo para comprender una mecánica, antes de saber siquiera cómo hay que usarla, lo cual lleva en varias ocasiones a resolver un nivel por la más absoluta de las suertes.

Y así, sin entender muy bien qué es lo que acabamos de hacer, se nos presenta otro puzzle más complicado que el anterior, convirtiendo a Splice, más que en un juego de puzzles donde hay que seguir una lógica concreta, en uno donde básicamente nos limitaremos a adivinar la solución moviendo células y power-ups al azar para ver si vuelve a sonar la campana.

¿Recuerdan cuando de pequeños caíamos enfermos y faltábamos un par de días al colegio, la sensación de volver a clase de matemáticas y ver en la pizarra algo similar a un idioma extraterrestre? Pues parecido.

Ojo, no es que no se pueda realmente comprender radicalmente el funcionamiento de Splice y sus mecánicas. Es solo que el juego no las hace tan interesantes como para que nos lleguen a importar lo más mínimo.

Es una lástima comprobar cómo Cipher Prime ha puesto más cuidado en el apartado visual y sonoro de Splice, con unos gráficos tan minimalistas como llamativos y con una banda sonora al piano tan resultona como repetitiva, en vez de potenciar más el aspecto jugable.

Y es que si a un juego de puzzles le quitamos el interés por entender el puzzle en cuestión, lo único que nos queda es un envoltorio bonito. Y por suerte o por desgracia, por el precio de Splice hay envoltorios que además de bonitos son entretenidos.