Todavía tengo la imagen de ir con mi padre a una tienda de informática de barrio a comprar por 895 Ptas. el Outrun para mi Amstrad CPC6128, allá por mediados de los 80. Creo que fue el primer juego que compré en mi vida sabiendo a priori de qué juego se trataba, pues obviamente ya lo conocía de las recreativas. Más tarde, con la NES, recuerdo entrar en una tienda de videojuegos con mi abuelo, que un par de veces al año me compraba un juego, para escoger a base de mirar portadas y contraportadas, ese cartucho que estaría calentito en mi consola durante muchos meses.

 

Recurro a esta historia de abuelo cebolleta para tomar mi primera referencia de una época -que no acabó hace tanto- donde ir a comprar un juego era toda una experiencia en sí. Tenías muy pocas oportunidades de acceder a comprar juegos, y cuando la tenías la disfrutabas al máximo, porque el hecho de tener todos aquellos juegos a tu disposición  –que en realidad eran muy pocos- y tener la responsabilidad de escoger bien tu próxima compra sin tener ninguna referencia de qué juego era mejor o peor se convertía en toda una sensación.

Por supuesto con el tiempo la situación ha ido cambiando de manera progresiva. Cada vez hemos ido contando con más información, más oferta y más posibilidades de comprar juegos, pero aún así cada compra tenía un valor excepcional, y más si tenemos en cuenta que el precio de los juegos ha permanecido prácticamente invariable desde la generación de los 16 bits, entendiendo así que hace años eran todavía mucho más caros que ahora en relación al poder adquisitivo.

 

Esta experiencia de compra continuaba al llegar a casa. Mirábamos hasta el último detalle de la portada, nos releíamos la contraportada mientras examinábamos detenidamente cada captura de pantalla impresa en la misma, y nos estudiábamos el manual del juego hasta los créditos. Cada juego nos lo pasaríamos decenas de veces y raramente nos sentiríamos decepcionados, porque el hype es un invento moderno. Y es que cuanto más nos cuesta conseguir algo, más valor le damos.

Hoy en día, afortunadamente, tenemos una grandísima oferta de juegos y una abundante información, y en general muchas más posibilidades de comprar juegos, tanto los que trabajamos como los que no. Personalmente creo que tenemos una oferta excesiva y una información desmesurada e incontrolada, pero eso es otro tema. Con tener un mínimo de paciencia podemos acceder a multitud de juegos a un precio justo, en algunos casos irrisorio si esperamos la oportunidad adecuada.

Y, especialmente si somos jugadores de PC, tenemos grandiosas y jugosas ofertas digitales, destacando las de Steam o Amazon USA, por ejemplo, donde podemos abastecernos de decenas de juegos por el precio que antes comprábamos un solo juego. ¿Pero valoramos realmente estos juegos? ¿Es enriquecedora esta experiencia de compra a golpe de click?

Personalmente, creo que no. Y soy el primero en disfrutar, promocionar y agradecer este tipo de iniciativas, pero al mismo tiempo soy consciente de que nos hemos convertido en meros compradores compulsivos de objetos intangibles a los que le damos mucho menos valor del que realmente tienen porque no nos ha costado más que un par de clicks hacernos con ellos. Sólo hace falta echar un pequeño vistazo a nuestra biblioteca de Steam, de Origin, de Xbox Live o de PSN Network. ¿Cuántos de estos juegos hemos llegado a jugar? ¿A acabar? Ya no digamos sacar todos los logros, coleccionables, o rejugarlos en una dificultad mayor.

No sé vosotros pero yo en mi cola de juego suelo dar prioridad a los juegos que he comprado en formato físico. Realmente no sé el porqué, pero algo en mi interior me dice que he de darle la oportunidad primero a ese juego que ocupa un espacio real en mi casa, y que puedo oler, tocar, sacar de su caja, insertarlo en la bandeja del PC o la consola. Mientras, mi estantería digital sigue acumulando gigas de juegos que en muchos casos no han sido ni ejecutados.

Esta no es una apología del formato físico ni la típica canción de que todo tiempo pasado fue mejor. Para nada. Personalmente me he adaptado muy bien al formato digital, soy totalmente fan y creo que es inevitablemente el futuro. Pero esta es una simple reflexión de las consecuencias que este formato ha traído a ciertos aspectos de la “cultura gamer”. Acceder a gran cantidad de juegos a precios muy asequibles es algo excepcional, pero al mismo tiempo ese bajo precio ha hecho que cada compra y cada titulo tenga un valor exponencialmente menor también en nuestra mente.

Acumular juegos sin apenas disfrutarlos se ha convertido en una faceta habitual en los jugadores, porque aún cuando llegamos a terminar ese juego ya estamos pensando en el siguiente, y cuando no lo hacemos estamos pensando en la siguiente compra, y cuando queremos jugar a veces nos obligamos a jugar a aquello que no queremos jugar solamente porque pensamos que debemos hacerlo. Y cuando una afición se convierte en un deber ya no es divertida ni sana.

Mientras algunos como el Sr. Newell se da chapuzones en dinero gracias a sus ofertas veraniegas de Steam, nosotros buceamos en un océano de juegos hundidos e inexplorados, y sólo sacamos la cabeza de vez en cuando para ver si hay más naufragios en el horizonte, sin llegar a disfrutar de un tesoro para estar pensando en el siguiente.