Hace bastantes años, en la típica conversación ficticia sobre qué servicios multimedia ofrecería o contrataría uno si pudiera; como quien habla de qué haría con el dinero de la lotería, se me ocurrió imaginar un servicio de música en la nube al que acceder mediante el pago de una cuota mensual.

Un tiempo después, aparecía Spotify para cerrarme la boca y comprobar que mi mente avanzada varias décadas al del resto de la sociedad quizás no lo estaba tanto.

Aunque al principio de su existencia no salía a cuenta tener un perfil premium (podían salir fácilmente uno o dos anuncios en un día entero), ahora la dichosa publicidad campa a sus anchas cada dos o tres canciones, por lo que no hay más remedio que acudir a las por otra parte tremendamente asequibles tarifas a cambio de disfrutar de un ingente catálogo de música hasta casi el infinito y más allá.

En ese casi infinito tienen cabida también, cómo no, innumerables bandas sonoras de videojuegos de entre las cuales hemos seleccionado unas cuantas especialmente reseñables, que podrán disfrutar haciendo un simple clic en las portadas de cada uno de ellos:

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Es difícil imaginar LIMBO sin la compañía y conjunción de esa atmósfera tan intensa, bizarra y espeluznante que le rodea; ese ambiente tan oscuro que no se despega del monitor, lo cual, cabe decir, debe mucho al espléndido trabajo de sonido que hay detrás de él.

Martin Stig Andersen, a quien hay que agradecer un amplio porcentaje de ese ambiente opresivo y al que además entrevistamos por aquí, da a luz una música minimalista y ambiental tan breve como particularmente intensa. Toda una oda al ambient que se disfruta más, como todo, con las luces apagadas.

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No recuerdo ahora mismo ningún videojuego, aparte de la mierda ponzoñosa de MusicVR que se cascó Mike Oldfield para su Tr3s Lunas, cuya existencia estuviera directamente ligada a su banda sonora. Un título que de no existir su música, éste no se podría haber materializado nunca.

El año pasado, Jim Guthrie y Capybara Games hicieron posible en Superbrothers: Sword & Sworcery una conjunción perfecta de estas dos disciplinas gracias al espléndido trabajo del compositor canadiense.

The Ballad of the Space Babies es, sin lugar a dudas, una de las mejores bandas sonoras de los últimos años.

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Braid es título capital en la historia de los videojuegos por mérito propio. Allá por 2008 señaló el camino por el que muchos otros juegos independientes decidieron deambular con mayor o menor suerte, al mismo tiempo que ofreció una de las mejores experiencias que se puedan recordar delante de una pantalla.

Los pasajes sonoros de Braid, a pesar de no ser banda sonora original, iban evolucionando a lo largo del juego al mismo tiempo que la ambientación del mismo se iba tornando más y más oscura.

Desde la extraordinaria Maenam de Jami Sieber hasta la alegre adaptación de O Son do Ar de Luar Na Lubre, las apenas diez canciones que componen el disco recopilatorio son dignas de escucha.

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En el cine teníamos los universos detallados de Star Wars o Star Trek. En la literatura, los mundos fantásticos de El Señor de los Anillos o Dune. Y aunque en la tierra videojueguil teníamos enormes representantes de la ciencia ficción, pocas veces se ha visto una producción con un universo y una historia tan rica en detalles como en la saga de Mass Effect.

A pesar de que en EA se quitaran de encima al pobre Jack Wall para la última banda sonora de la trilogía, hay que reconocerle al compositor el hecho de haber parido una partitura uña y carne de la experiencia videojueguil.

Antes de que se abriese el menú inicial observábamos un planeta desde la distancia mientras aparecía el logotipo del juego. Empezaba a sonar Vigil y las letras “pulse una tecla para continuar” hacían acto de presencia. Pero no pulsamos ninguna tecla. Queremos quedarnos ahí un rato largo. Simplemente observando el globo moverse.

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Machinarium, la joya de la corona de Amanita lo tiene todo para enamorar al jugador: diversión, personajes memorables, un equilibrio bastante ajustado en la dificultad de los puzzles, unos escenarios dibujados a mano que desprenden cariño y una banda sonora que encaja a la perfección con la ciudad triste y metálica en la que nos encontramos.

New age, electrónica, jazz… Tomáš Dvořák, al que también entrevistamos por aquí, toca varios palos de la baraja musical para componer un maravilloso disco en armonía con la calidad del juego al que representa.

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Es posible que Dear Esther sea, junto con la de Journey (que por desgracia no está presente en Spotify y por tanto tampoco en el post que nos ocupa), mi banda sonora favorita de los últimos años.

Si Dear Esther es la maravillosa experiencia que es, un gran gran porcentaje de ese mérito hay que atribuírselo a Jessica Curry, la compositora de la música que suena a lo largo de todo el juego.

Pianos y violines intimistas como pocos acaparando casi toda nuestra atención y emoción a lo largo de casi cincuenta minutos. Y de qué manera, señora.

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Se agradecía en 2008 que uno de los grandes estudios se dignara a producir un juego alejado de las más que trilladas franquicias que acaparan casi todas las novedades anuales del mercado.

Mirror’s Edge nos ponía en las manos y piernas de Faith, una mensajera miembro de una red de corredores que transmite mensajes dentro de una ciudad distópica eludiendo el régimen dictatorial que la controla.

La banda sonora es de Magnus Birgersson, conocido musicalmente como Solar Fields. Electrónica y sobre todo dinámica, basta  con meterla en el iPod y ponernos a corretear doquiera que estemos.

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Hace poco hicimos en Sábado Indie un repaso a Dustforce, este plataformas en el que debíamos, escoba en mano, sacudir todo el polvo acumulado por todos los recovecos de cada pantalla.

Hacíamos también hincapie especialmente en la música del juego, entre lo electrónico y lo chiptune, que casa francamente bien con la dinámica del título y que merece, dicho sea de paso, formar parte de nuestra propia biblioteca musical.

Electric Relic o Sepia Tone Laboratory deberían estar tipificados, desde ya, como himnos de lo molón.

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La que podía haber sido una de las grandes aventuras de esta generación se quedó finalmente a medio camino entre el aprobado raspado y lo pocho.

Alan Wake contaba una historia francamente interesante pero apoyada en una mecánica de juego aburrida como pocas. Enchufa con la linterna a los fantasmas, dispara, corre. Enchufa con la linterna a los fantasmas, dispara, corre.

Por suerte la banda sonora del juego sí cumplía su cometido con creces, y es que además de la música original compuesta para el mismo, hace gala también de una recopilación de temas de artistas tan variopintos como Roy Orbison, Nick Cave & Bad Seeds, David Bowie o Poets of the Fall.

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El Tricky Bol del siglo XXI es un juego entretenido como pocos, aunque viniendo del magnífico Nifflas, cuándo no es fiesta. De aspecto aparentemente inocente, NightSky es capaz de engancharnos haciéndonos mover una simple bola por la pantalla al tiempo que vamos resolviendo los puzzles que se nos plantean; que en modo difícil son, cuanto menos, hijos de perrilla como ellos solos.

Su jazzística y chilloutera banda sonora es digna de elogio como también lo es la de Knytt Stories o la de Cave Story. Su autor, Yann van der Cruyssen, nos concedió una entrevista hace no mucho donde habla de ellas.

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Si algo nos demuestra VVVVVV es que no hacen falta unos gráficos de infarto si la jugabilidad está explotada de forma soberbia. Tres míseros botones, izquierda, derecha y cambio del sentido de la gravedad, son más que suficientes para hacernos vibrar en el asiento, tal y como lo contábamos hace apenas un par de semanas.

En este homenaje al Commodore 64 que se cascó Terry Cavanagh la música no le podía andar a la zaga, y con unas composiciones chiptuneras en apenas tres o cuatro canales, los buenos de SoulEye firmaron un trabajo bien recordado por los jugones de pro. De verdad de la buena.

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Bonus Tracks:

Super Meat Boy, de Danny Baranowsky

Scott Pilgrim, de Anamanaguchi

Castlevania, de Konami Kukeiha Club.

Dead Space, de Jason Graves.

Medal of Honor: Frontline, de Michael Giacchino.

LA Noire, de Andrew Hale.

Deus EX: Human Revolution, de Michael McCann.

Fez, de Disasterpeace.

Red Dead Redemption, de Bill Elm.

Los Sims, de varios artistas.

SSX, de EA Games Soundtracks.

SimCity 3000, de Jerry Martin.

Silent Hill, de Konami Kukeiha Club.

Contra, de Konami Kukeiha Club.

Command & Conquer: Tiberian Sun, de Frank Klepacki.

Crysis, de Inon Zur.

Gears of War, de Kevin Riepl.

Halo, de Martin O’Donnell.

Street Fighter IV, de Hideyuki Fukasawa.

Terraria, de Re-logic.

I am alive, de Jeff Broadbent.

Final Fantasy (recopilación) y II, de Nobuo Uematsu.

Blue Dragon, de Nobuo Uematsu.