¿Es Arte Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malévich? ¿Es Poesía el Jabberwocky de Carroll? ¿Es Cine La Jetée de Marker? ¿Es un videojuego Dear Esther?

Al igual que las vanguardias de las artes principales no fueron consideradas arte en su día, es igual de factible pensar tanto que Dear Esther sea un videojuego como que no lo sea.

La delgada línea que separa a Dear Esther de ser una película de animación es básicamente el hecho de que seamos nosotros quienes manejemos al protagonista de la historia. Somos nosotros los que despertamos en una isla desierta sin saber nada y somos nosotros los que nos desplazamos por ella, escuchando nuestros propios pensamientos en forma de cartas a Esther. Cartas y pensamientos que nos van contando muy dosificada y literariamente retazos de nuestro pasado e historias sobre el terruño sobre el que estamos.

Si Dear Esther no es un juego, sin duda es una experiencia. La de deambular por una isla, enorme en magnitud, pero con unos pocos caminos marcados, mientras nos da el viento en la cara y disfrutamos de unas vistas cuasi fotorrealistas. La de recorrer cuevas de otro mundo buscando alguna pista o algún otro pasaje de nuestros pensamientos que nos ayuden a entender quién es Esther y qué hacemos en esa isla. La de escuchar la tremenda y maravillosa banda sonora de Jessica Curry mientras andamos por la playa o descubrimos unas escaleras semiescondidas en los pies de una colina.

Al igual que Cuadro blanco sobre fondo blanco, Jabberwocky o La Jetée, Dear Esther no se presenta apto para todo el mundo. Para embarcarse en esta historia hace falta como mínimo paciencia y predisposición a tratar con lo no convencional durante la muy breve, aunque algo rejugable, hora que dura la misma.

Caminar (nada de correr) entre la maleza, perder de vista una misteriosa luz roja que parpadea o chapotear por un riachuelo subterráneo puede que no llame la atención de los que estén pegados a la última edición del Modern Warfare, pero para el que sepa o pueda ver algo de la belleza que tiene Dear Esther le resultará un título como mínimo original.

A mí ya me ha puesto los pelos de punta en dos ocasiones. Pero, bueno, qué les voy a contar yo, si mi cuadro favorito es de Mondrian.