Es ridículo avergonzarse de estar enamorado. Es una sensación tan maravillosa que intentar esconderla o reprimirla es un completo absurdo, porque cuando uno está enamorado de verdad lo proclama a los cuatro vientos incluso aunque no quiera.

Así estaba yo con Amanita Design en general y con Machinarium en particular. Ora escribiendo articulillos por ahí, ora con la banda sonora de Tomáš Dvořák en los primeros puestos de mi Lastfm por allá, ora llegándolo a comprar hasta en tres ocasiones entre steams y bundles diversos.

En cambio, sí entiendo que alguien quiera ocultar o disimular la humillación que supone el que le rompan el corazón a uno. Le abres tu alma a alguien y después de un tiempo feliz que no hay por qué olvidar, te asestan una puñalada trapera en todo el ánimo vital.

Así estoy yo con Amanita Design en general y con Botanicula en particular.

Lo de que las comparaciones son odiosas y demás tópicos chusteros no vamos a entrar a discutirlo ahora, pero cuando alguien te ha dado lo mejor, uno no entiende por qué te trata con desidia la misma persona que hasta hace dos días te había hecho disfrutar como un enano.

Y es que después de haber sido tan felices con Machinarium, lo último que uno se podía esperar era algo como… como… como Botanicula, vaya.

Lo peor de Botanicula no es que en el terreno visual se haya decidido regresar a ese diseño tan característico de Amanita a lo collage de corta y pega, tan presente en las dos entregas de Samorost. Sigue teniendo encanto, qué duda cabe; pero eso no quita que los escenarios y el diseño de las pantallas hayan quedado totalmente apáticos y desangelados.

Tampoco es lo peor de Botanicula el hecho de que ni juntando el carisma de los cinco personajes del juego logremos empatizar con ellos tanto como sí hacíamos en apenas un par de minutos con el pequeño robot de la anterior aventura.

Sí, sabemos que esa empatía era tan difícil de igualar como imposible de superar, pero es que se antoja verdaderamente complicado encontrarle la gracia al palo, al champiñón, a la pluma y a los otros dos seres indefinidos que controlaremos a lo largo del juego.

Lo peor de Botanicula es, sin lugar a dudas, la completa indiferencia que nos embarga después de estar un rato sentados frente a él. Y es que no serán pocas las veces que nos encontraremos sumergidos en un puzle sin saber qué hacer salvo clicar a lo loco por toda la pantalla sobre cualquier cosa o bicho viviente, debido a que casi todos los elementos de cada escenario reaccionarán con el puntero de nuestro ratón; y como realmente no sabemos en ningún momento cual es exactamente nuestro cometido, nos encontraremos a menudo en situaciones desconcertantes como: “Interesante. He arrancado una hoja de esa rama. ¿Será, acaso, relevante para el puzzle?”. Pues vaya usted a saber.

Esa mecánica de vamos-a-pulsar-todo-lo-que-veamos-a-ver-si-suena-la-campana-y-consigo-el-objeto-que-necesito no tiene por qué ser mala de por sí. En los ya mencionados Samorost eran precisamente el derroche de surrealismo y la aparente falta de lógica el leit-motiv y encanto de dichos títulos.

La diferencia radica en que aquellos eran un par de sencillos juegos en Flash con los que pasar el rato durante veinte o treinta minutos, y extender esa mecánica a lo largo de tres o cuatro horas se convierte en algo tan tedioso y aburrido que desconectamos por completo de cualquier cosa que nos quieran mostrar.

Botanicula nos falla como amante en tantos aspectos que resulta arduo entender cómo ha podido conseguir esa inmensa ristra de piropos que ha ido cosechando desde que se pusiera a la venta el pasado mes de abril.

No queremos pensar que por venir de donde viene el trato haya sido obscenamente de favor, porque, y perdonen la expresión, una flatulencia huele igual de mal ya venga de Belén Esteban que de la musa Sasha Grey. Porque cuando algo no cumple las expectativas también hay que decirlo.

Pensaremos en Botanicula como en ese disco más que regulero de nuestro grupo favorito al que se le acaba cogiendo cariño casi por obligación. Como queriendo negar la mayor. Estos no son los droides que estamos buscando.

No obstante, seguiremos amando a Amanita con fruición, esperando que este bache en la relación haya sido solo eso: un pedete inoportuno.

Porque vendrán más noches de cena a la luz de las velas y de sexo desenfrenado, y acabaremos recordando todo esto entre risas como quien recuerda en compañía algún capítulo vergonzoso de su existencia.

Ojalá.