Gracias al consumismo el ser humano se ha convertido en algo maravilloso. Nos hemos transformado, sin comerlo ni beberlo, en personas-anuncio que para colmo de males pagan por serlo. Cien euros por un polo, mejor cuanto más grande se vea el ♘, yepa; trescientos por unas gafas con el logo bien a la vista; quinientos por un bolso con las gigantescas iniciales del diseñador en un lateral… y así. Que se note.

Nosotros no nos libramos, no se vayan a pensar que somos mejores que esos escaparates con patas. Los videojuegos-anuncio llevan entre nosotros la friolera de treinta años y lo que te rondaré morena; e igual que hay gente que paga por una camiseta de Jack & Jones, también hay jugones hechos y derechos capaces de soltar la guita para ver a la mascota de una marca cualquiera pegar saltos por la pantalla.

¡Y solo m a kostao sesefrientos euros! Una ganga.

Nada nuevo, el advergaming, por muy moderna y actual que suene la palabreja que alguien tuvo a bien inventarse a principios de este nuevo y ya decadente siglo.

Esta práctica, casi tan antigua como la propia industria, empezó a dar sus primeros pasos a comienzos de los años 80 gracias al inexistente control de calidad de Atari para con sus videoconsolas, donde cualquiera podía modificar un juego y publicarlo por muy copia mierdera del original que fuera.

Así se plantó Coca-Cola con sus santos bemoles en 1983 para producir Pepsi Invaders, uno de los primerísimos advergames y clon muy loco de Space Invaders, donde en lugar de aliens había que combatir a las nunca lo suficientemente temidas letras P, E, P, S, I que formaban el nombre de su máximo rival en el mercado.

Vamos, el horror.

Abierta la veda publicitaria, a Coca-Cola le seguirían poco después Purina con Chase the Chuck Wagon, un juego de laberintos de donde los perros debían escapar para encontrar su comida; Johnson & Johnson con Tooth Protectors, en el que debíamos limpiarnos los dientes combatiendo bacterias gigantescas; y Mattel (que incluso llegó a tener en los 80 una filial dedicada al desarrollo de videojuegos) con Kool-Aid Man, un plataformas con la famosa mascota del Tang americano como protagonista.

Incluso Budweiser se atrevió, también en 1983, a meterse en el mundo del videojuego encargándole a Midway la recreativa Tapper, donde el jugador debía hacer las veces de tabernero con un logotipo de la marca reinando en una de las paredes del tugurio, y del que un año más tarde aparecería una versión sin dicha imagen después de las quejas de padres considerando que era mera publicidad para alentar al consumo de alcohol entre los más pequeños.

Con la crisis que asoló posteriormente a la industria, no fue hasta finales de la década y comienzos de los 90 cuando el sector empezaría a remontar, y con él, claro está, los juegos publicitarios.

Domino’s Pizza fue de los primeros en aprovechar la nueva coyuntura, y entre 1989 y 1990 encargó a BlueSky y Capcom dos juegos para Commodore 64, PC y NES protagonizados por Noid, la popular mascota de la compañía. Mientras Avoid the Noid, el primero de ellos, consistía simplemente en entregar una pizza antes de que terminara una cuenta atrás; el segundo, Yo! Noid, se trataba de un plataformas bastante aceptable aunque también, por qué no decirlo, clon del juego japonés Kamen no Ninja: Hanamaru.

Con estos dos juegos y casi sin quererlo, Domino’s Pizza mostró el camino a seguir durante los próximos años en el advergaming.

No nos entretendremos ahora en dar clases de publicidad, pero que un usuario se exponga voluntariamente a interactuar con un anuncio y que el tiempo de exposición de este sea infinitamente mayor que el de un spot de televisión o una página en una revista, debió de trastornar las glándulas salivares de los responsables de marketing de las principales compañías del planeta.

Me cago en la leche Merche. Esto es la guerra.

Así quedó patente en la siguiente generación de videoconsolas, con los 16 bits de Megadrive y Super Nintendo haciendo furor en todas las casas.

En la siempre añorada década de los 90 pocas fueron las grandes marcas que no se subieron al carro videojueguil produciendo un plataformas para alguna de estas dos consolas; aunque si hubo un sector en concreto que encontrara un verdadero filón en este universo interactivo, ese fue el de la alimentación.

McDonald’s llegó a presentar hasta tres juegos en este periodo: McDonald’s Treasure Land Adventure, Global Gladiators y M.C. Kids. El primero, con Ronald McDonald de protagonista, aun siendo un plataformas correcto, fallaba a la hora de posicionarse en un target determinado. Era demasiado complicado para un público infantil y al mismo tiempo demasiado infantil para un público más adulto.

Por suerte, la escanciadora de obesidad subsanó el error poco después con Global Gladiators, un fantástico juego para Megadrive diseñado por David Perry (todo el mundo en pie) que llegó a tener versiones en Master System, Game Gear y Amiga.

7UP también hizo de las suyas con cuatro juegos. El primero, basado en el personaje de Fido Dido, aparte de carecer de todo el encanto que la mascota sí desprendía en otros anuncios, era malo como el demonio y acabó pasando justamente desapercibido. Los otros tres conformarían, quizás, la mejor saga de advergames en muchos años, y es que Cool Spot terminó siendo uno de los mejores plataformas de toda la generación y tras hacer acto de presencia en Mega Drive y Super Nintendo acabó viendo también la luz en Master System, Game Gear, Amiga y PC.

Curiosamente, el primer y más desconocido título de la saga que vio la luz en exclusiva (y muy tímidamente) en Game Boy antes que en sus hermanas de 16 bits, era en realidad un clon bastante obvio del M.C. Kids que McDonalds publicó para NES un par de años antes.

Cool Spot lo tenía todo para triunfar y así lo hizo. Claro que este también era un producto de Perry, así que cuándo no es fiesta: plataformas de scroll horizontal, gráficos sobresalientes, banda sonora del ahora más conocido Tommy Tallarico, una curva de dificultad bastante equilibrada y, sobre todo, entretenido como pocos.

No resultó extraño entonces que poco después tuviera una secuela. Cool Spot goes to Hollywood repetía género plataformero pero no perspectiva, que pasaba a ser isométrica. Otra maravilla llena de guiños al séptimo arte que en su momento se llevó en exclusiva SEGA para su Mega Drive aunque posteriormente aparecieran sendos ports en Saturn y Playstation.

En toda esta orgía de marketing hasta Cheetos tuvo dos juegos, bastante horribles dicho sea de paso, con Chester Cheetah como principal reclamo: Chester Cheetah: Too Cool to Fool y Chester Cheetah: Wild Wild Quest. Háganse un favor y huyan de ellos como de la peste.

Por suerte, otros títulos más que notables junto con Cool Spot y Global Gladiators, y esta vez sin productos alimenticios de por medio, fueron los juegos de Micromachines de Codemasters, cuyas carreras de coches o lanchas en miniatura eran verdaderas bestias pardas de la adicción si se jugaban a pantalla partida contra un amigo.

Es posible que fuese la de 16 bits la generación que encumbró y enterró a los juegos publicitarios de calidad, porque posteriormente en las dos siguientes el camino ha ido francamente a peor.

En Nintendo 64 apenas hubo ejemplos por la dificultad y carestía que suponía desarrollarlos. Quizás el más reseñable sea Beetle Adventure Racing, que con la excusa del New Beetle (que se había presentado en sociedad tan solo un año antes) se preparó una más que decente mezcla de Need for Speed y Mario Kart; y del que anecdóticamente se hizo una versión exclusiva para Australia en la que en lugar del coche de Volkswagen aparecía un modelo de la marca HSV, exclusiva del país de los canguros.

Sin embargo, en el resto de plataformas la cosa sería distinta.

Pepsi, que solo necesitó dieciséis años para sacar su propio advergame tras aquel clon de Space Invaders que perpetró Coca-Cola, publicó en 1999 un videojuego para PlayStation protagonizado por su mascota japonesa: Pepsi Man.

Basado en una serie de anuncios donde Pepsi Man, un superhéroe creado por la mismísima Industrial Light & Magic, simplemente se dedicaba a corretear por la calle repartiendo refrescos por doquier, el videojuego de Pepsi era tan simple como atroz. Mover las flechas de un lado a otro para ir recogiendo las latas desperdigadas por el suelo nunca fue tan aburrido.

Aunque si de juegos basados en anuncios y de atrocidades se trata, no podemos dejar de lado a The Mission.

¿Recuerdan aquel anuncio de Nike que todos los chavales empezaron a imitar en el patio del colegio? Ese en el que Éric Cantona se subía los cuellos de la camiseta y se cargaba al mismísimo demonio despidiéndole con un au revoir que dijo Voltaire. Pues tras el éxito del mismo decidieron hacer otro más grandilocuente para presentar su nuevo balón. Con explosiones y plagios de la película La Trampa, que nunca están de más.

Por desgracia, alguien en Nike pensó que sería buena idea encargarle a Microïds un videojuego basado en dicho anuncio. Porque quién no querría gastarse 40€ en un juego cuyo único cometido fuese combatir samuráis a base de balonazos en la cara.

Parece meridiano que en algún momento al comenzar el nuevo siglo las empresas perdieron el norte a la hora de producir buenos juegos publicitarios.

A Pepsi Man y The Mission les siguió la friolera de hasta cinco títulos basados en los cacahuetes de M&Ms, ora probando suerte con una copia barata de Crash Bandicoot, ora probando suerte con una copia barata de Mario Kart. Diantres, si hasta en 2006 los Smarties tuvieron su propio juego a la venta y Burger King su propia trilogía lúdica.

El mundo está loco.

Por suerte, las empresas ya no se pueden permitir desarrollar software publicitario para el hardware actual tanto como antes, y para ver bostas del calibre de Pepsi Man, está claro que es mejor no ver nada.

Son nuevos tiempos estos en los que las prácticas del advergaming han saltado de las videoconsolas a internet, donde los juegos en Flash campan totalmente a sus anchas por el ciberespacio.

Desde buscar parejas de cartas en la web de Dove, hasta echar el rato con un clon de Bejeweled de, quién lo iba a decir, M&Ms; pasando por el juego de lucha de Mentos donde en lugar de hostias hay que calzar besos, la oferta se ha ampliado sobremanera al mismo ritmo que se ha ido casualizando para atender a un público más amplio.

Parece que no disfrutaremos a estas alturas ya de entretenidos títulos del calibre de Cool Spot; pero que nos quiten lo bailao si resulta que alguna vez nos comimos una hamburguesa de más gracias al Global Gladiators.

Y es que el consumismo bien entendido empieza por uno mismo. Y de la treintena de videojuegos que atesora la franquicia de Barbie ya si eso hablamos otro día.