Mi madre me deshereda si después de los rebotes que se pillaba al volver del trabajo y comprobar que por estar jugando a la videoconsola no había limpiado mi cuarto, me viese ahora dejándome la vista durante horas para dejar impoluto de hojas y polvo cada recoveco de cada pantalla de Dustforce.

En Dustforce, si no son hojas desperdigadas por el bosque lo que hay que recoger, son pelusas del tamaño de una cabeza entre los estantes de una mansión abandonada; o un ectoplasma chungo por los suelos de un laboratorio. El caso es limpiar.

Pero limpiar a lo loco, porque la gracia del juego está en concatenar combos y más combos con nuestros ataques ninja escoba en mano, ya sea a la basura esparcida por doquier, o a los seres autóctonos de cada pantalla convertidos en mala cosa al haberse vistos comidos por la mierda.

Así nos podemos tirar horas, diseccionando y perfeccionando el laberíntico recorrido de cada nivel hasta obtener el puntaje deseado. Ora estudiando en qué momento es mejor saltar. Ora estudiando cuándo es mejor atacar. Todo sea por rascar unas décimas de segundo al cronómetro buscando a la vez la manera de no perder el combo acumulado ni de dejar atrás la más mínima mota de polvo.

Y es que de conseguir una puntuación perfecta al final de cada partida (o de completar varias con una puntuación decente, algo que tras el perfeccionamiento anterior no nos llevará más de uno o dos minutos), se nos otorgará una llave que abrirá la puerta de alguna de las pantallas a las que no tendremos acceso en un primer momento. Que son bastantes.

Si en algo fracasaba estrepitosamente Super Meat Boy era en que el factor de frustración que inflingía el juego era un perro rabioso muy pasado de tuerca con los ojos inyectados en sangre que llevaba tres días sin comer, y al final lo único que terminaba viendo el jugador eran niveles diseñados con la única finalidad de tocar mucho los huevos.

Dustforce, por el contrario, presenta niveles asequibles (menos los que tengan una puerta dorada en la entrada, claro, que esos son para darles de comer aparte) en los que el reto será no tanto llegar al final de cada pantalla como llegar con la máxima puntuación posible, y ahí radica su principal acierto: mientras en Super Meat Boy la frustración la impone el propio juego, Dustforce deja que sea el propio jugador quien elija cual es el grado de perfección que quiere alcanzar.

Les aseguramos que aunque solo sea por el musicote que se gasta el juego (pero musicote musicote), lo último que querrán hacer será rendirse y abandonar la pantalla.

En resumidas cuentas, Dustforce proclama de manera sobresaliente su amor por las plataformas hardcore sin dejar demasiado de lado al sosainas que tan solo quiera pasar el rato pegando un par de saltos.

Y si dos simples fontaneros revolucionaron el mundo del videojuego hace ya más de 25 años, no vemos el motivo por el que una brigada de barrenderos no pueda petarlo igualmente.

Aunque solo sea un poquito.