A escasos días del retorno de la franquicia de rol más popular de PC, Diablo, queremos plasmar las primeras impresiones que nos dejó su tercera entrega a través de la beta abierta que se pudo jugar antes del puente de mayo. Una primera prueba de fuego para un juego que se ha hecho desear incluso demasiado para los más fervientes defensores de saga.

Diablo 3 describe, tal y como nos tiene acostumbrado, los acontecimientos del retorno del señor de las tinieblas capitularmente. El primer capítulo, llamado ‘The Fallen Star’ o la estrella caída, nos dejó adentrarnos en Nueva Tristam, la reconstrucción de la ciudad que siempre ve erigirse a las tinieblas con más fuerza si cabe. A pesar de que no vimos cinemática alguna que nos introdujese en los hechos que rodean los primeros compases de la historia de Diablo 3, pudimos jugar unas cuantas quests para tomar contacto con los nuevos personajes o héroes de la saga. En mi caso, el Monk por su original planteamiento, a medio camino entre el bárbaro y un paladín, pues posee un buen daño por segundo, pero carece de la resistencia del bárbaro o de la armadura del paladín, del que toma las valiosas auras.

Nada más empezar, la primera sensación es casi de desasosiego. Diablo 3 parece que funciona, el personaje anda, incluso dejando el botón izquierdo apretado -algo muy cómodo-, tiene la vida a la izquierda y la magia la derecha -ya que no todos poseerán maná-. Vamos, que no ha cambiado radicalmente, pero sí lo suficiente como para no quemar la sede de Blizzard tras años de espera. Como decíamos, la primera impresión es agradable al fin y al cabo, pues se han retocado aspectos del control que podían desgastar tras horas de juego en Diablo 2, como recoger monedas, algo que hace automáticamente el PJ al pasar por encima; cada uno posee su propio botín en las parties online, el inventario es más amplio, las hojas de los objetos son identificables y legibles con golpe de vista, no dependemos tanto de las pociones, ya que de los enemigos se desprenderán orbes de salud…

Gráficamente, como muchos temían, no es un juego de primer orden pero, Blizzard es una empresa que nunca ha tenido dentro de sus prioridades que sus juegos gocen de los mejores gráficos si por ello dejan a un usuario sin poder disfrutar de sus productos. Con todo, Diablo 3 cumple en este apartado, pues tanto el diseño como la ejecución de los gráficos en los ordenadores de gama baja es envidiable, sin ralentización alguna y con unos juegos de luz y efectos FX muy logrados. La música, como siempre, grandiosa; transmitiendo más de lo que capta la vista y llenando de sentimiento cada escena de terror, melancolía y sosiego una vez alcanzado el portal, elemento que permanece como medio de transporte entre puntos del mapa.

Merecen mención aparte los backgrounds del juego, de los que diremos que su diseño y su profundidad -una de las cosas más importante del juego- vuelven a meter al jugador en ese mundo desolador que rodea siempre a la ciudad maldita de Nueva Tristám. Catacumbas, grutas, bosques, sótanos y demás mazmorras han ganado no solo en vistosidad sino que veremos cómo aportan elementos interesantes a la jugabilidad: trampas, accesos ocultos, desprendimientos… Factores que usaremos a nuestro favor para acabar con las hordas de esqueletos y demás bestias. Estos serán de los pocos enemigos que repitan en Diablo, o al menos por lo visto en la beta, ya que Diablo, aún siendo en esencia ese RPG que enganchó y enganchará a generaciones venideras, ha sufrido una remodelación a todos los niveles. De lo primero que enfrentamos fueron muertos vivientes que incluso después de matarlos, volvían a por nosotros, o al menos solo su tórax, deseoso de otro vendaval de hostias de nuestro monje. Un detalle que veremos en ciertos adversarios que, tras darles muerte, se buscarán las habas para dar más guerra convirtiéndose, por ejemplo, en una jauría de gusanos.

Para combatir tales horrores también se ha renovado, por supuesto, los antaño árboles de habilidades. Organizados como siempre en en tres especializaciones, su acceso se ha vuelto más versátil a la hora de usar las skills en combate: existen el ataque primario -botón izdo. del ratón- y el secundario -botón dcho. del ratón-, las técnicas -seleccionables desde el teclado- y, en el caso del monje, los mantras o las auras. El caso es llevar un buen plantel de habilidades para no dar tregua al enemigo, ya que además estas podrán potenciarse, a medida que subamos de nivel, con runas, que darán un efecto beneficioso al uso esa habilidad; como si fuesen las ventajas de CoD.

Todas las mejoras concurren en una gran mejora de la jugabilidad, que ha evolucionado siguiendo la línea de su predecesor, pero adaptándose a los juegos actuales, algo que se aprecia en el apartado online, mucho más social.  Podremos interactuar fácilmente con otros usuarios gracias a la inclusión de un perfil de jugador, que hará fácilmente identificable a todos mediante el BattleTag, una etiqueta con la que podremos agregar a amigos con los que luego hacer parties. La competitividad se fomentará entre jugadores con los logros, algo que nos hará registrar hasta el último rincón de los escenarios. En la casa de audiciones tradearemos al más puro estilo WoW, para sacar provecho a los objetos mágicos que no querramos, así como con el herrero, quien, entre otros artesanos, nos dará materiales para fabricar otros objetos que aprenda según le subamos de nivel pagándole las clases. Así también nos ahorraremos hacer incontables runs a los distintos jefes finales, ya que con las subastas, el lootering y el herrero poseeremos tres fuentes de obtención de objetos; mucho más diversificado que en anteriores entregas.

Por ello decimos sin miedo a errar que Diablo ha evolucionado correctamente y, lo más importante, sin perder de vista lo que es en realidad: un RPG clásico donde mejorar nuestro personaje a base de quests y lootering es primordial. Blizzard, a sabiendas de que algo mucho más allá de eso la gente lo no aceptaría, ha pulido lo que había que pulir y explotado lo que aún podía dar más de sí, reforzándose en otros apartados. La única pega que se le puede achacar al juego, así en unas primeras impresiones, han sido los servidores, que alcanzaban un ping de 250-300 ms. Obviamente, esta beta abierta, la cual iba a recibir gran afluencia como sabrían en Blizzard, era una prueba de resistencia para los servidores, que deberán aumentarse considerablemente. Por ello, el lag derivado no me parece un fallo estrepitoso, sino algo de lo que aprender de cara al estreno el 15 de mayo, día que retorna la bestia a PC y Mac.