Si de algo puedo reconocer tener aún la espinita clavada es de que los reyes magos nunca me trajeran el maldito Tricky Bol que les pedí en más de una ocasión. Ya saben: “Tricky Bol, tri-tricky bol”.

Por suerte hay por el mundo gente como Nifflas, que lo mismo te hace un juego de un bicho que trepa paredes, que uno de puzles plataformeros en 2D en el que tengas que poner a prueba tus reflejos y habilidades dactilares para llevar una simple bolita de un sitio a otro. Y todo ello de una manera más que entrañable porque, es justo reconocerlo, Tricky Bol era en realidad una mierda de plástico de la que te cansabas en dos tardes.

Si bien puede ser cierto que no nos enamoraremos de NightSky por su aspecto externo tal como podamos hacer (y de qué manera) con Rayman Origins, el jueguecillo de Nifflas que nos ocupa viene a ser como la novia fea con la que pruebas suerte a ver qué pasa y luego resulta ser toda una Sasha Grey entre las sábanas.

Y eso que no va la mecánica de NightSky mucho más allá de un botón para acelerar a la bola protagonista, otro para ralentizarla y otro más para cambiarle el sentido de la gravedad como si de un Capitán Viridian se tratase. Ni siquiera será, ya ven ustedes, un título que ocupe más de dos horas de nuestro tiempo.

Pero ay, ¡qué buenas esas dos horas en las que pondremos todo nuestro empeño en llevar a buen puerto a nuestra querida pelota! Y todo ello, además, mientras nos entra por los oídos el bonito jazz experimental y chilloutero del que hace gala el juego.

Si, como yo, también tuvieron una más que dudosa infancia sin trickybols, es más que probable que NightSky termine de una vez por todas con ese resquemor interno del que hablábamos anteriormente.

Si por el contrario fueron de los afortunados que pudieron disfrutar durante un par de días del dichoso aparatito de Bizak, sientan desde aquí mi más profundo desprecio.

¡Pero jueguen a NightSky de todas formas! Que una cosa no quita la otra.