Nunca he sido de jugar en recreativas, a mí me pilló demasiado yogurín. Fui más de la generación de los cyber y de las largas tardes con el Counter Strike. Mientras mi compañero Juan faltaba a clase para jugar a Cuerpo Rompe Bolas yo era de los que faltaba a clase para irme por la mañana a un cyber a jugar a ese shooter que dominaba el juego en red en aquella época. Pero como esta sección es “Grandes Recreativas“, no “Mi vida en los cybers”, os hablaré de otro título que marcó mi infancia: Metal Slug.

Por aquel entonces debía tener una Nintendo 64 en casa con Super Mario 64 y Wave Races como reyes indiscutibles de la diversión los fines de semana pero en verano, cuando me pasaba una semana bañándome en la costa mediterránea, no con demasiado entusiasmo, mi mayor diversión por la tarde era acercarme a las viejas recreativas y jugar a Metal Slug que me tenía completamente cautivado. Vale, era pequeño, ingenuo e impresionable; pero eso no quita méritos a Metal Slug. Aquella recreativa se tragaba las monedas de cinco duros que me daban mis padres con pasmosa velocidad.

El sitio era pequeño y cutre pero lo recuerdo con el encanto de los veranos en la playa, no como ‘Verano Azul’, pero casi. El local estaba lleno de todo tipo de recreativas pero yo casi exclusivamente gastaba las pesetas en la de Metal Slug. Alguna moneda fue a caer a un juego de motociclismo cuyo nombre no recuerdo, y no quiero buscar en Google, pero el Rey, el verdadero, el incuestionable, era Metal Slug.

Yo no conocía ni que era SNK, ni falta que hacía. Lo primero que me enamoró fueron sus grandes ojos claros gráficos coloridos. Esos sprites tan vistosos me dejaron alucinado y eso que ya era la época de las 3D y andaba obnubilado por Super Mario 64. Además en movimiento ganaba mucho porque las animaciones eran muy variadas, porque todo se movía con gran fluidez y porque todo el escenario sufría daños. Los detalles humorísticos era la guinda de esta irresistible tarta. Ese trasto estaba pidiendo que le metiera una moneda y no le pude que decir “no”. Lo peor de todo es que “cuando haces pop, no hay stop”, al menos con Metal Slug.

La jugabilidad frenética de este título de acción y plataformas engancha desde el primer momento. Disparar y avanzar, esquivar balas y avanzar, lanzar granadas y avanzar, saltar y avanzar; siempre hacia delante. Un shooter, un arcade sin complicación pero enormemente adictivo. La curva de dificultad es a la vieja escuela, mueres mucho al principio hasta que conoces los escenario, por donde aparecen los enemigos y sus rutinas de ataque. Nunca he sido bueno con los videojuegos y Metal Slug no era una excepción. Pese a las horas que le echaba, poco más llegaba después de la misión 3, la de la nieve. Más tarde me enteré que me faltaban tres misiones más para acabar el juego.

Y en aquella época si eras un inútil lo que te tocaba era jugar en cooperativo con alguien más hábil. Luego estaban los que te gorroneaban un crédito, a ese tipo de persona creo que todos los hemos odiado. El caso es que las monedas, en solitario o en compañía, no duraban demasiado en el bolsillo.

Después de conocer Metal Slug cada vez que iba a unas recreativas buscaba algún juego de la saga, probé varios pero ninguno me dio las mismas sensaciones que la primera entrega. No creo que sea por su calidad (de hecho la mayoría son también muy divertidos), más bien será por los recuerdos de mi “primera vez”. Para jugar ahora a esta franquicia lo mejor es Metal Slug Anthology donde los tenemos todos juntos pero no revueltos. Después de escribir estas líneas me están entrando muchas ganas de volver a jugar a Metal Slug.